martes

Entre la maraña.








La ruta estaba imposible.
Las últimas lluvias habían dejado profundos lodazales. A duras penas, la camioneta salía adelante.
Según los datos que me habían dado, me faltaba poco para llegar.
Un rancherío salió a mi encuentro. Algunos niños color de tierra me miraban curiosos. Seguramente mi ropa me denunciaba como capitalino, pantalón y camisa les parecieron raros. En esa zona todos los hombres vestían bombachas y camisas de trabajo, boina negra y la faja en la cintura. Les pregunté cómo llegar hasta la casa de los Asturdillo. Me indicaron con un gesto y se alejaron corriendo.
Tuve la sensación de haber preguntado algo malo.

Luego de veinte minutos de marcha, vi la casa. Parecía salida de una película de misterio.
Entre la maraña de cinacina, de arbustos salvajes y algunos sauces, lucía fantasmal.
Me acerqué, daba la apariencia de estar abandonada, y que en algún momento los árboles y la vegetación se iban a tragar la casa. En la entrada vi el nombre: “La escondida”. Era el lugar.
Un aroma a pan recién horneado me dio la seguridad de que alguien la habitaba.
Usé un llamador. En pocos minutos, un hombre alto y muy delgado, vistiendo ropas de paisano, salió a mi encuentro.
Me miró desconfiando, me presenté:
—Soy Diego Martínez, del semanario “El misterio”.
—¡Ah sí, pase! El patrón me avisó que iba a venir un periodista.
El interior de la casa era antiguo, se notaba bien conservado.
El hombre trataba de ser amable, algo en él no me gustaba, sería su cara angulosa y tan pálida. Tendría unos cincuenta años,  se presentó:
— Me llamo Samuel Amarilla —extendió su mano que me resultó fría y blanda, raro en un hombre de campo, pensé— Soy el administrador de “La escondida”.
Me invitó con un café y me sirvió pan casero. Hablamos del viaje, y luego de las preguntas comunes fui al grano:
—Samuel, me han dicho que este lugar está embrujado. ¿Qué hay de cierto?
Sonrió y me contestó:
—Son invenciones de los habitantes del lugar. Es una zona de mucho viento, la casa está rodeada de árboles, las hojas agitadas por el viento producen sonidos que a los lugareños les parecen voces. En las noches de luna llena dicen ver sombras en movimiento, y son las ramas que iluminadas por el reflejo producen imágenes que se agrandan con la imaginación. Hasta ahí, parecía lógico.
—¿Puedo quedarme unos días en la casa? —pregunté. Don Samuel largó una risotada y asintió con la cabeza.
—Quédese el tiempo que usted quiera, el patrón le ha dado permiso… —fue su respuesta y se encogió de hombros.

El administrador me acompañó a recorrer la casa, la planta baja estaba compuesta de una gran sala, la cocina y dos salones. Arriba estaban los tres dormitorios, uno de ellos lo ocupaba mi anfitrión, y el más pequeño sería el mío. Samuel quedó preparando la habitación y yo bajé a recorrer el lugar.
Al salir de la cocina, en la parte de atrás, me encontré con un pequeño jardín. El perfume de jazmines y rosas me reconfortó, el lugar era un pequeño paraíso verde y colorido.
Seguí andando y me hallé ante una senda bordeada de árboles que llamaron mi atención, eran una especie desconocida para mí, sus troncos tenían forma humana. Eran horribles, su corteza blanca me produjo repulsión. Regresé a la vivienda y consulté con don Samuel:
—¿De qué origen son los árboles que bordean la calle? —pregunté.
—De origen desconocido —respondió con un dejo burlón—. El padre del actual dueño los trajo de Brasil, hace más de cuarenta años. Se refieren muchas historias sobre ellos, aunque no se ha podido confirmar nada—. Quedé intrigado:
—¿Qué quiere decir?
—Hace algunos años se hicieron denuncias, decían que eran árboles endemoniados.
—¿Quiénes hicieron las denuncias?
—Los vecinos del lugar. Una comisión integrada por médicos de la policía científica  hizo un sondeo, y nada se sacó en claro. Luego las personas que hicieron la denuncia, misteriosamente desaparecieron. Uno de ellos se ahogó en el río. Otro regresaba una noche de visitar a un amigo y no llegó a su hogar. El tercero salió como todas las mañanas y no se volvió a saber de él.
Escuchaba en silencio su relato, hasta que le dije:
— Suena todo muy extraño, ¿por qué piensan que los árboles son endemoniados?
—No sé, son los comentarios de la gente. Cuentan que los árboles atacan a las personas.
— ¿Y usted, viviendo aquí, ¿nunca vio nada?
— Nunca. Dicen que los árboles se dejan ver en acción cuando  quieren. En la época que los trajeron yo era un niño, mi padre era el jardinero del señor Astudillo, y a mí me dieron la tarea de cuidarlos y regarlos diariamente. Los del poblado comentan que soy su protegido —y al decir esto se alejó riendo, noté en su pelo mechones de un extraño color naranja, parecía formar parte de su melena, me recordaba algo…
La risa del encargado no me gustó, algo en él me fastidiaba. Sus ojos eran como puñales oscuros y su palidez me recordaba la piel de los muertos.



Samuel me acompañó al caserío cercano. Mi intención era conversar con los familiares de los hombres desaparecidos. Sabía que luego de ser atacados por primera vez, ellos denunciaron el ataque y la desaparición había ocurrido tiempo después, era seguro que relataron a sus familiares lo que vieron.
Cuando llegamos al pueblo, las personas nos miraron con desconfianza, en especial a Samuel.
El encargado me dejó con la gente de la aldea y se fue, dos mujeres se acercaron y comenzaron a hablar.
—Mi esposo —comentó una de ellas— me contó que los árboles lo atacaron una noche que pasó por el camino cercano a la casa. Las ramas cobraron vida y lo agredieron. Había luna llena.
La otra mujer asintió, a ella su hijo le había referido lo mismo.
—¿Ustedes creen qué la luna llena tiene algo que ver? —pregunté.
—Mi esposo decía que en esos días los árboles se convertían en demonios.
Al decirlo se estremeció, un sudor corrió por mi espalda. Comprendí que me estaban contagiando sus supersticiones.
Al despedirme me llevé el recuerdo de sus ojos, eran la imagen de la desolación.

El encargado pasó a buscarme, regresamos a La escondida, y en el viaje de regreso me preguntó:
—¿Le dijeron algo interesante? —Sin saber por qué le mentí.
—No. Dicen que no saben nada, es raro que esos hombres no hayan relatado a su familia una experiencia semejante.
Samuel manejaba su camioneta a los saltos, me arrepentí de no haber viajado en mi vehículo. Él iba pensativo, de pronto me preguntó:
—¿Diego cómo se enteró de esta historia?
—Una persona envió todos los datos al semanario, sobre árboles endemoniados. Despertó mi curiosidad y…acá estoy.
— ¿Quién hizo la denuncia? —preguntó Samuel.
— No lo sé. Era un anónimo.
— ¿Ustedes siempre confían en mensajes sin firma?
—No. Pero algo despertó mi olfato —respondí sonriendo—en mis veinte años de trabajo periodístico, pocos anónimos han despertado mi curiosidad y en esas pocas veces no me equivoqué. Terminaron siendo éxitos periodísticos.

Al llegar quise observar de cerca los árboles.
Tenían una corteza semejante a una piel y me recordó por su brillo y vetas al cuero de las ranas, sólo que su color era casi blanco. A sus ramas ni un pájaro se acercaba. Sus hojas tenían forma de corazón, eran grandes como mi mano y colgando en las ramas más altas y tupidas observé; líquenes color naranja, los reconocí, los había estudiado en mis épocas del colegio secundario: las barbas de capuchino se llamaban. Caían como una cabellera sin forma.
Luego de dar vueltas contemplándolos decidí regresar a la casa. Allí me encontré con Samuel. Tenía la sensación de que me vigilaba.
— ¿Y descubrió algo? —me preguntó curioso.
—No —fue mi escueta respuesta.
El encargado solía mirarme con una sonrisa socarrona que me fastidiaba. Se burlaba de mí, eso era notorio.
Mientras entrábamos en la casa me dijo:
— Tenga cuidado, está noche hay luna llena.
— ¿Qué quiere decir? —pregunté.
— Cuentan que en noches de luna llena, se escuchan voces y se ven figuras fantasmales.
— Yo creo que usted sabe más de lo que expresa sobre el misterio de los árboles.
— ¿De dónde sacó eso?
— Resulta raro que esté viviendo junto a ellos y no haya visto nada. Los aldeanos no hablan por miedo. No entiendo ¿A qué tienen temor? Yo creo que usted sabe y no habla.
No respondió.
Se dirigió a la cocina. Algo había en sus ojos cuando hablábamos del tema, una cierta burla.
Esa noche no bajé a cenar, me dediqué a preparar el informe para el semanario.
Era casi media noche cuando me acosté. Estaba cansado, por mi cabeza daban vueltas las imágenes del día. Por momentos mis nervios me hacían saltar en la cama y despertaba sobresaltado.
Un  sonido me puso en alerta.
Me levanté y observé por la ventana. Un fuerte viento movía los árboles de un lado a otro, al mirar hacia la calle de tierra me sorprendí.
Los árboles se inclinaban, las ramas eran enormes figuras que bailaban con el sonido de las hojas una danza frenética. Se escuchaba un murmullo musical. Creí soñar.
Comenzó a llover. Cerré las ventanas. Las ramas se desprendían de los árboles, sus hojas unidas formaban un manto que giraba entre la lluvia y el viento. Por momentos quedaban suspendidas en el aire. Yo miraba la escena con espanto. Mis manos estaban húmedas, mi corazón golpeteaba  como una marimba y una transpiración helada cubrió mi espalda.
En un instante, varias ramas se acercaron a mi ventana detuvieron su baile. Desde la oscuridad de sus siluetas, unos ojos me miraban, el terror me paralizó…se arrojaron contra los cristales una y otra vez, hasta que un fuerte ruido, casi una explosión me sobresaltó, y desperté empapado en sudor y temblando…
¡Había sido un sueño!
¡¿Un sueño?¡
Me puse de pie, no podía comprender qué había sucedido en la habitación.
Los cristales estaban rotos, dispersos y yo paralizado por el terror. Salí de allí desesperado.
Bajé la escalera de dos en dos. Grité llamando al encargado, que apareció ante mí, venia de la calle, estaba  empapado
—¿Qué le sucede? —preguntó.
—¡Los árboles! ¡Los vi! Sus ramas parecían danzar suspendidas en el aire —reaccionando me di cuenta que él, recién llegaba, chorreaba agua por los cuatro costados— ¿De dónde viene así mojado?
— Del caserío, fui a visitar a una amiga, y me agarró la lluvia. Venga a tomar algo caliente, está muerto de frío —me dijo.
—¡No es frío! Es miedo. Lo que cuentan los aldeanos es verdad, lo he visto está noche—. Le relaté paso a paso lo que había contemplado desde mi ventana, pero comprendí que no me creía. Acepté el café, y soporté su mirada irónica.
Le pedí que me acompañara a mi cuarto. Abrí la puerta con temor; sobre el piso, los vidrios rotos  y una alfombra de hojas eran la prueba de lo sucedido. Señalando los cristales le dije:
—Observe que los golpes y las hojas llegaron desde afuera.
— Es una locura —me respondió, mientras miraba la habitación.
— ¿Ahora me cree? —pregunté.
Samuel no respondió, daba vueltas buscando una explicación que no encontraba.

Noté que de la mesa que oficiaba de escritorio, había desaparecido el informe en el que había estado trabajando. Me asomé a la ventana, y los vi diseminados en el parque. Miré a Samuel y me pareció descubrir un brillo de maliciosa felicidad en sus ojos. Furioso bajé a buscar los papeles, pero fue inútil, la lluvia había borrado todo mi trabajo.
¡No quería quedarme un minuto más en la casa!

Esperé que amaneciera, en esas pocas horas el encargado desapareció nuevamente, no lo volví a ver hasta el momento en que subía los bolsos en mi camioneta.
Al despedirme de él, me preguntó:
— ¿Va a publicar algo de lo que vivió aquí?
— Seguro que no —respondí.

Pero mientras regresaba a la ciudad, y los árboles se transformaban en recuerdo, algo pareció despertar en mi recuerdo: los líquenes y el pelo de Samuel, eran una misma cosa… una certeza y una duda rondaron mi cabeza.
La certeza era que iba a publicar el informe, no me iba a costar mucho volver a realizarlo, haría la denuncia orrespondiente y al fin llegaría  una verdadera investigación  en el lugar.
Y la duda que rondaba mi cabeza era: ¿Quién o qué, era en realidad Samuel?





lunes

Un extraño hombrecito.








La casa de al lado había permanecido deshabitada durante años. 
Desde hacía algún tiempo se escuchaban ruidos,  sillas en movimiento, puertas que se cerraban y un  canto, que resultaba un siseo molesto.
No lograba concentrarme en mi trabajo; tal vez el exceso del mismo o mi sensibilidad ante las molestias sonoras, me alteraban.

Nuestro parque y el del vecino, estaban separados por una pared. Una tarde, fastidiada por la batahola musical, me asomé y pude ver a un hombre que limpiaba el jardín. Era pequeño, su cuerpo muy delgado se movía ágilmente, agitando de un lado a otro su gorro rojo. Sus orejas puntiagudas y la larga barba, producían aprensión, sin decir palabra me alejé antes de que me viera.
Le conté a mi esposo sobre el extraño personaje y no me creyó, entre burlas y miradas cargadas de picardía, se asomó por la medianera  y no vio nada. Solo desorden. Lo normal en una casa deshabitada.
Durante las semanas siguientes hubo silencio, olvidé al vecino y me dediqué a mi trabajo

Al mes, nuevamente regresaron los sonidos.
Me asomé,  el mismo hombrecito estaba recortando las ramas de un ciruelo con unas tijeras enormes, y como si utilizara escaleras invisibles, subía y bajaba por el aire con toda naturalidad. Me froté los ojos, no podía creer lo que veía, no llevaba alas ni soporte que lo mantuvieran en el aire, quedé paralizada, sin saber, si gritar o irme. Él, presintió mi mirada y con una sonrisa burlona, inclinó la cabeza en forma de saludo y siguió con su tarea. Escapé.
Inmediatamente llamé a la inmobiliaria que tenía a su cargo la renta y consulté:
—¿La casa de la calle Victoria 540 está alquilada?
La respuesta fue que no había inquilinos. Expliqué que alguien vivía allí y era muy molesto, respondieron: que  harían una visita.

Días después, un empleado de la inmobiliaria, controló la casa y amablemente me dijo:
—La vivienda está deshabitada.
No me conforme con la aclaración de la inmobiliaria y a la mañana siguiente me asomé por la pared y todo estaba igual, las sillas tiradas, las hojas sobre el césped y las plantas descuidadas. Menos los dos ciruelos y los naranjos, que tenían sus ramas armoniosamente recortadas. Volví a llamar a la inmobiliaria y le expliqué que alguien había podado  los árboles.

Regresó el mismo empleado, lo hice pasar, lo invité que viera los ciruelos y los cítricos podados y me diera una explicación.  Se asomó por la medianera… y  con ojitos de burla,  me dijo:
—Vine  para cerciórame, ya que estaba seguro de lo que acabo de ver…allí no hay, y  nunca hubo ciruelos, ni naranjos, es un parque, solo césped.
Intenté decir algo y fue imposible, él se fue, cruzó el garaje, abrió la puerta de calle y salió, giré la cabeza y allí estaban  los ciruelos, los naranjos y el pequeño hombrecito de gorro rojo, riéndose de mí.











domingo

Los cuadros de Catina.



Ana  había descubierto que a Catina le sucedía algo, su conducta no era normal y ahora, tras lo sucedido, le remordía la conciencia no haber creído  sus palabras. Si ella se hubiera ocupado más,  tal vez, Catina…estaría viva.
La ambulancia partió sin apuro, con la vida de su amiga, tronchada en una camilla.

¿Cómo creer que los personajes de los cuadros le hablaban?
Recordaba  a Catina, entre lágrimas y estrujando sus manos en un gesto desesperado, y jurando que las voces salían de los cuadros y se hacían eco en las paredes y no la dejaba en paz.
—¡Hola Catina! —susurraban por momentos y en otros eran gritos.
Ella no respondía, entonces  las voces se unificaron en un coro:
—¡Queremos salir de aquí!

¿Y qué la amenazaban de muerte, cómo creer eso?
—¡Sácanos de esta maldita casa o te vamos a castigar, detendremos tu corazón y te convertiremos en un montón de huesos secos…!
Alguien jugó con su inocencia, se aprovechó de su esquizofrenia y le hizo creer esa fantasía. ¿Quién?
Tal vez los primos que deseaban que vendiera ese caserón, que no servía para nada, sólo para juntar ratas y cucarachas, pero ella amaba  esas escaleras de mármol gastado, cada peldaño lucía una curva consumida en su centro, señal de las miles de pisadas que los curvaron, subiendo y bajando durante casi un siglo y esas habitaciones de techos altos, igual que sus ventanas con cortinas tejidas al crochet, quién sabe por cuál abuela o bisabuela, las mismas que  le habían relatado  las historias de sus tías o las fiestas con damas de largos vestidos de seda y caballeros de frac, y los valses y la música de jazz  elevándose en el salón y el parque, como un abrazo hacía las nubes. Ella amaba cada rincón de su casa y no quería vender sus recuerdos.

Catina relataba sus conversaciones con los cuadros, con la inocencia del que creía que era real lo que le estaba sucediendo. En el descanso de la escalera, la  dama de organdí se abanicaba entre las cuatro maderas de su maro, fue la primera vez que Catina la vio en movimiento, quedó muda, ante la imagen que le dijo:
—Quiero salir de esta vieja y sucia casa, que me lleven a una pinacoteca.
Luego fue el arlequín de la biblioteca quien comenzó a saltar mientras le ordenaba con  voz de tenor:
—¡Catina, quiero salir de aquí!
 Y así se fueron sumando, el caballero de  larga barba  y la dama de negro con el abanico rojo, que adornaban el salón de baile. Todos  querían salir de allí e ir a un museo.
¿Cómo creerle semejante locura?

Aquella mañana al entrar en el caserón, Ana se había asombrado al encontrar la puerta de calle abierta. Descubrió a Catina sentada en los escalones de mármol, quieta y tan blanca que presintió en seguida la verdad; estaba muerta.
Todo sucedió tan rápido que Ana no lograba razonar lo sucedido, las sienes le latían y la angustia y el dolor de cabeza la hacían lagrimear.
¡Pobre Catina!
Los médicos dijeron ; paro cardíaco.

La ambulancia se perdió de su vista, la tragó la calle arbolada.
Subió al cuarto a buscar los documentos de su amiga y al bajar la escalera escuchó la voz:
—No nos dejes solos…
Se volvió y la dama de organdí agitaba sus manos y repetía:
—No te vayas… no nos dejes solos.
Automáticamente fue hasta el galpón  donde Catina guardaba sus herramientas, tomó un bidón de nafta y regresó a la casa. Abrió las llaves de gas y regó las maderas del piso y las cortinas con  gasolina, mientras los gritos de los personajes se elevaban entre el olor del combustible y el gas, encendió un fósforo y salió.
Desde la calle se quedó mirando las llamas, las voces clamando ayuda se perdían entre el crepitar del fuego y el ruido de las maderas al desprenderse.
Se alejó lentamente, mientras los curiosos se acercaban a mirar.



viernes

La cuarta silla






Siempre había estado allí.
Con la comida lista, la ropa limpia, la caricia volando como un pájaro con el pico cargado de miel. Sospechaban  que era un mueble y de tanto verla olvidaron quién era. Ellos eran así, seres apurados, sordos  al murmullo que dejaban oír sus lágrimas al caer una sobre otra en el piso de la cocina, sus labios olvidaron las palabras amables, que se fueron durmiendo en sus gargantas como niñas caprichosas.  
Un día  el destino sopló fuerte, elevó las caricias y el murmullo cantarín de las mañanas desapareció.  La casa fue hielo, el aroma a sopa, a cebolla y torta de vainilla se esfumo como un suspiro, la mesa quedó huérfana de platos, la canasta de pan almacenó restos secos y el viento circuló helado por las habitaciones.
Pasaban los días y la cuarta silla de la mesa familiar, permanecía vacía. Allí se dieron cuenta de la ausencia, pero ya era tarde, el silencio se había anidado en sus corazones y la soledad los fue cubriendo con una ceniza gris y una mañana la casa ya no estaba.

Un nuevo terreno baldío apareció en el barrio, los vecinos circulaban ante el sin notar la novedad, es que eran seres apurados, sordos al canto de los pájaros que desde los paraísos de la calle intentaban decirles algo.



Aquellas tardes.

Flores de malvón.





Las guardo en mi memoria, parece que las hubiera vivido ayer, detalles, palabras que se renuevan al sonido de una voz o con el traqueteo del tren por el que sigo viajando y que recorre las mismas estaciones con los mismos nombres y, hasta los mismos alambrados que las circundan parecen ser iguales. Cierro los ojos y  regresan aquellas tardes  de visita a la casa de las tías.
Vivíamos en León Suárez y para ellas era casi el fin del mundo, no se animaban a viajar solas, así que nosotras las visitábamos. 
De la mano de mi madre llegaba a la casa de la calle Machain. Amaba a la tía Juana, me mimaba, era la menor de sus sobrinas y yo me aprovechaba de serlo. Mamá y las tías se reunían en la cocina y al ritmo del mate iban surgiendo las confidencias y cuando las voces se hacían susurros, me mandaban al patio, eran temas que no podía escuchar. 
Para no aburrirme, recorría los cuartos, con fotos familiares, señores serios de grandes bigotes y señoras más serias aún, como si la sonrisa hubiera sido un pecado en esos tiempos de  calles adoquinadas y tranvías recorriendo la ciudad. ¿Quiénes son? Preguntaba y siempre había alguien que me contaba sus historias. Eran los abuelos de los abuelos, personajes con nombres tan raros como sus ropajes. Las habitaciones de altos techos guardaban el frescor como una caricia  y el aroma a cera; un placer inolvidable.
Casa chorizo con patio largo, bordeado a macetas, verdes de helechos y begonias y algún malvón al  que mi maldad infantil quitaba los pétalos a sus flores y los pegaba con saliva a mis uñas y soñaba  que eran las manos de alguna princesa de cuentos sin Disney, ni príncipes románticos.
Cuando la tarde comenzaba a agotar la charla, terminaba el mate y llegaba el café recién preparado y dulzón.

Una de las tías nos acompañaba hasta la esquina y de allí caminábamos hasta la estación a tomar el tren rumbo a Suárez, guardaba la magia de los momentos vivido y ya iba pensando en la próxima visita.

La oferta.



Esa tarde, después de escribir una carta
a su apoderado y discutir con el mayordomo
una cuestión de aparcerías,
volvió al libro en la tranquilidad del estudio
que miraba hacia el parque de los robles.

“La continuidad de los parques”. Julio Cortázar.


La oferta.

La cabeza blanca se inclina sobre el libro, hace meses que Octavio lee una novela que parece no tener fin. Nada lo perturba, ni el paso insinuante de su mujer circulando por la habitación, ni su perfume, ni sus pechos que ondean dibujados  bajo la fina blusa y mientras hace tintinear sus pulseras provocando un llamado  que  no obtiene respuesta.  Ella lo provoca, intenta regalarle su savia de ámbar, ser su húmedo panal de abejas, pero él no ve o no quiere verla.

Octavio  es un león embalsamado escapando de la lujuriosa oferta, se reclina en el respaldo del sillón, la mira alejarse y respira aliviado. Regresa a la lectura donde la protagonista, deseable y sensual,  juega al amor con un joven jardinero, mientras su esposo lee una interminable novela de amor.



martes

Separación.






A veces las separaciones de las parejas suelen ser amables, otras dramáticas y las menos; cómicas.
Teresita Zabaleta, se encontró una mañana con su marido sentado en una silla de la cocina, tomando  café y rodeado por tres valijas. Lo miró con la pregunta en sus ojos y antes que ella  abriera la boca, él dijo:
—Me voy.
Ella no entendía, se dejo caer en una silla y nuevamente inquirió con  la mirada.
—Me enamoré de la Choly —dijo Carlos, como si ella supiera quién era la Choly— ella es soltera, vive en un departamento amplio, así que me voy a vivir con ella.
La crudeza de la respuesta dejo a Teresa muda, no lograba articular alguna palabra que la ayudase a expresar su malestar. Su cara era un incendio y las chispas que brotaban de sus ojos querían quemar a Carlos, comenzando por la camisa que la tarde anterior había planchado con tanto esmero. Él terminó su café, agarró las valijas y dijo:
—No te quiero más Teresa, el tiempo nos gastó a los dos. En la Choly, encontré la pasión perdida, no te imaginas es una fiera y tiene veinte años…
Tere creyó que se atragantaba con la saliva, respiró hondo y  dijo.
—Pero vos tenés cincuenta y tres…
—¿Y?
—Demasiada diferencia. Cuando se te termine la plata te va a dejar…
—Vos no sabes nada, te voy a demostrar que la Choly y yo somos para toda la vida.
Y se fue.
Ella quedó sumida en una angustia que le cerraba la garganta y le provocaba un llanto de impotencia.

Teresa intentaba cambiar de vida y  olvidar, se anotaba en cursos, sobre pintura, maquillaje. Hacia lo posible por salir de su casa que le traía tantos recuerdos. Volvió a ver cine, teatro, ir a almuerzos, cenas, pero siempre sola.
Surgieron situaciones inesperadas que lograron inquietarla, su ex y su nuevo amor, tan joven y bella que le dolían los ojos de solo mirarla, comenzaron a acosarla. Los dos aparecían en cada  restaurante que visitaba, la saludaban  efusivamante,  demostrando con sus sonrisas, lo felices que eran.
El tema se fue complicando, por más que Teresa cambiaba de confitería o restaurante, ellos aparecían.
¿Cómo podía ser?
Solo su amiga Lola conocía sus salidas. Seguramente, ella era la cómplice de esos dos pájaros, optó por no decirle de sus salidas.
Carlos cambió de táctica; la llamaba por teléfono todos los días, le enviaba email, con fotos  de él y la rubia, la invitaban a salir. Le dijo que la dejara tranquila, pero su ex seguía en sus actitudes.
Decidió que tenía que hacer algo. Ideó un plan.
Llamó lola y le comentó que el sábado, iría a comer a un nuevo local Chino de comidas rápidas.
El  sábado entró con tranquilidad al restorán, se sentó en el fondo, calculando poder ver la vidriera. Llamó al mozo, le entregó su nueva cámara de fotos y una buena propina y le explicó que debía hacer.
A los pocos minutos entraron ellos, Carlos y su dorada mujercita.
Comenzaron a saludarla efusiva mente, repitiendo la misma ceremonia de cada encuentro.
—Hola Teresa, te extrañábamos – dijo Carlos.
—Que linda que estás –dijo la blonda- ese vestido rojo te hace más joven.
Las risas coronaron las palabras.
Teresa, abrió su cartera, lentamente saco una Bersa 22 que había comprado la semana anterior y se puso  de pie, y recordando las lecciones de tiro que su padre la había dado en su juventud; apuntó y divertida ante la cara de espanto de Carlos y la Choly; disparó. Ellos salieron corriendo, mientras el cristal de la ventana caía hecho añicos y con un estruendo terrible.
No le importó pagar los daños causados, ni el agregado que le tuvo que dar al Chino para que no hiciera la denuncia. La satisfacción de ver las caras de espanto de su ex y la rubia y luego volver a verlas en las fotos, era un deleite sin precio. Pero sacarlos de  su vida para siempre, fue su mayor placer, imposible de olvidar.


Entre la maraña.

La ruta estaba imposible. Las últimas lluvias habían dejado profundos lodazales. A duras penas, la camioneta salía adelante....