domingo

La mujer de negro.





Mi amigo Pedro suele contarme  sucesos de su vida, que nunca sé si creerlos o tomarlos como las fantasías de un abogado muy imaginativo que en sus ratos de ocio se distrae inventando sucesos.
“Buscando  descansar —me dijo— llegué  a un pueblo perdido a  400 km de Buenos Aires. Pocos habitantes, apenas si conté seis en el tiempo que estuve allí.  Casas deshabitadas y una fábrica  destruida por los años que mostraba los  signos de un tiempo mejor.
La casa que había alquilado, aunque antigua, estaba en buen estado.
El río estaba cerca y eso era  importante para mí, pescar, olvidarme del estudio y de los clientes, al menos por un mes.
Alejado de mi Notbook, y con el celular sin línea, me sentía un hombre feliz.
El silencio era total, sólo lo quebraba algún pájaro, un ladrido lejano o las campanas de la capilla llamando a misa, al principio me molestaba su sonido, luego me fui acostumbrando, no solo a ellas, también a la mujer que con larga mantilla y  vestida  de negro,  cruzaba cada mañana por la calle de tierra. Lenta en su andar, su falda  se movía cual un péndulo, mis ojos la seguían, hasta que su figura entraba en la Iglesia.

Una vez por semana iba al pueblo vecino a comprar alimentos. Un viejo almacén  donde el dueño, don Britos, se esmeraba por cumplir con la lista del pedido.
Un día me preguntó si no me aburría entre tanta soledad, le conté que  era para mí un placer, sólo tronchado por las campanas que a las siete llamaban a misa.
Don Britos me miró raro.
—¿Qué campanas? —Preguntó  y siguió sin esperar respuesta  —la iglesia está abandonada, ni cura tiene. ¿No le contaron la historia?
—No.
Feliz de poder hablar con alguien que le prestara atención,  me dijo:
—Hace años, allí existía un saladero muy importante que daba trabajo a medio pueblo y a otros que venían  desde el sur, don Gaspar Rojas era el dueño, la esposa, doña Agustina era una joven muy agraciada, pero, cometió el error de enamorarse del cura, un tipo joven y buen mozo. Los comentarios que se tejían en el vecindario trastornaron al viejo. Una mañana después de misa, entró a buscarlos y los encontró en la sacristía; abrazados, don Rojas enloqueció y los mató a los dos. Él fue preso y el saladero debió cerrar sus puertas. Lo habitantes al quedar sin trabajo, buscaron otros pueblos, y hoy, solo quedan dos o tres viejos... pero de eso hace más de veinte años…
No supe que responder. Él sonrió burlonamente y dijo;
—El sonido que escucha debe ser el viento,  la sudestada que trae el río, es la que mueve las campanas.
Lo primero que hice al llegar, fue correr a la capilla, empujé las puertas que chirriaron con voz de oxido y las abrí de par en par, el cuadro que encontré, me heló la sangre, era un lugar abandonado, ni bancos ni  altar,  la marca de una inmensa cruz sobre la pared era el único signo religioso que quedaba. Avancé transpirando, los ventanales rotos dejaban pasar ramas de arbustos, y algún que otro pájaro que entró conmigo, revoloteaba  tan asombrado como yo. Papeles, restos de botellas y maderas cubrían el piso, regresé aturdido y esa noche no dormí.

Al día siguiente, se escucharon las campanas y ella, la de negro, volvió a cruzar por la calle de tierra.

No lo pensé más, preparé mis valijas y regresé a la ciudad”.




"La mujer de negro" es un viejo cuento ya publicado hace varios año, hoy lo he presentado corregido y remozado.

María Rosa.

La foto.




La única vez que vi la imagen tendría unos siete años y me conmovió su crudeza. Entré en un mundo ajeno del que no comprendía el significado e imaginé que era una  escena de esas películas que no me dejaban ver y que yo espiaba detrás de las cortinas.
Los bordes recortados de la foto denotaban su antigüedad, se veía en ella un ataúd  cerrado, y rodeándolo, tiesos y de pie, una mujer cubierta hasta la cabeza con un manto oscuro y dos  niños que miraban  la cámara con temor. Tal vez no intuían que quedarían así por toda la eternidad y  que aunque crecieran, ese momento se había congelado y ellos en él.
Impresionado, cerré el álbum y lo guardé. Mi padre me explicó que  la mujer era mi bisabuela Jacinta a la que no había conocido y los niños,  mi abuelo y su hermana. Y el ser al que estaban velando era Esculapio Montes García, el padre de los pequeños.
Costumbres de principios del 1900, algunas familias fotografiaban a sus muertos, como un gesto de respeto.
Tal vez fueron las caras de los niños, tan serios y compungidos, o  el sepia borroso de la foto, no lo sé; pero, jamás intenté volver a mirarla. Sin embargo, la historia de esa foto reaparecería en mi vida, décadas después.

Al morir mi padre, encontré entre sus papeles una escritura muy antigua, databa de finales del 1800 y estaba a nombre de Esculapio Montes García. Investigué y así era, existía esa propiedad en Bragado, fui a verla y comenzaron las sorpresas.
Mientras viajaba, intenté razonar qué había sucedido con Esculapio, que nadie recordaba su historia y por qué tanto misterio rodeaba su vida y su muerte.
La familia que vivía en Bragado llevaba mi mismo apellido. Debí mostrarles mi DNI, para que me creyeran y yo les pedí el suyo.  Me hicieron pasar, cosa que agradecí, el cansancio y el asombro por lo que estaba viviendo y no entendía, me habían agotado. Los escuchaba con un silencio incrédulo, sus palabras y las fotos que fueron exponiendo sobre la mesa me convencieron.
Mi bisabuelo y el suyo eran la misma persona. ¿Cómo podía ser, si Esculapio había muerto muy joven?
La abuela de mis nuevos parientes, que era una anciana lúcida y con buena memoria a pesar de sus años, recordó la historia que había escuchado de sus mayores y, como quien recita una lección  que se sabe de memoria, me dijo:
“Esculapio, mi abuelo, se había enamorado locamente de Lucía, una prima de tu bisabuela. Escapó con ella y le dejó todas sus propiedades a Jacinta para que no pasaran penurias, ni ella ni sus hijos, todo, menos la casa de Bragado, donde acostumbraban a pasar los veranos, y aquí vino  a vivir, para alejarse de Jacinta y con intenciónes de formar una  nueva vida con Lucía; pero Jacinta, cegada por los celos, nunca le entregó la escritura”. Había sido su pequeña satisfacción.
—Siempre creí que Esculapio había muerto muy joven —dije con voz entrecortada— hasta vi una foto del velatorio…
No pude seguir hablando, se me cerraba la garganta
.
“Así fue —dijo la anciana— .Cosas de Jacinta, que nunca perdonó a ninguno de los dos por haberla engañado. El velatorio a cajón cerrado y el entierro en el cementerio  fueroon su venganza; no fue el único caso, hubo muchas  mujeres engañadas que repitieron la misma historia, cosas de antes. Con los años eso se fue olvidando y quedó como un secreto de familia del que nadie hablaba y que se fue muriendo con los más viejos. Esculapio y Lucía vivieron treinta años juntos y felices, no creo que el rencor le haya dado a Jacinta esa posibilidad”.

Me fui con un nudo en el estómago y  dolor en el alma.
Tiempo después regresé a Bragado con la escritura y la entregué a mis  parientes, pero nunca más volví a visitarlos.


La mujer de la Plaza





Hoy no hay cuento, París y la torre Eiffel son la historia. Una mujer bajo la lluvia. Frente a ella la torre, y cuatro personajes que la miran y piensan, cada uno según su ver.




Luis (empleado).
Pensé que era una más de las turistas que caminaban por los jardines de Luxemburgo, al observarla detenidamente comprobé que era diferente, algo en la desconocida, casi diría un sello de distinción, la elevaba del común, ella se deslizaba bajo la lluvia con un paraguas negro, de pronto se detuvo y quedó con la mirada clavada en la Torre de Paris. La llovizna dibujaba sobre las baldosas de  cuadros marrones, un inmenso espejo de agua, reflejando la figura de la mujer y de la torre Eiffel, una al lado de la otra, aunque en realidad las separaba  una gran distancia, allí se las veía juntas, alargándose, en un efecto elástico. ¿Qué puede motivar a una mujer hermosa, quedarse quieta mirando la torre y sin dejar de llorar? ¿Recordaría algún encuentro amoroso? No lo pude saber, pero emocionaba su imagen solitaria en medio de la plaza, tal vez sufriendo por un amor  del que se despidió en una tarde de lluvia igual a está… puede ser, en París todo puede suceder.



Sergio (Gerente de una editorial).
Hoy pude salir antes de la editorial y decidí, a pesar de la lluvia,  recorrer los jardines y las plazas de París. Cuántos  paraguas de  colores, bebiéndose la niebla que cubre la tarde y le da a las calles una pintura especial, por momento me recuerda a las viejas películas  en blanco y negro, aquellas  de la década del treinta, románticas y lejanas. La torre Eiffel apenas se vislumbra, pero los turistas o los que como yo viven aquí, nos quedamos en la plaza a disfrutarla. A lo lejos los arboles y los edificios son fantasmas quietos que nos miran. Que bella es esta ciudad, con su enorme torre a la que los visitantes admiran. ¿Qué tendrá que a todos hipnotiza, ese monstruo de hierro y luces? 
Hay una mujer a mi lado que mira la torre y llora, cuántos misterios guarda el alma humana. En esta ciudad, cada ser, es un mundo de posibilidades de todo tipo. Me recuerda a alguien, parece el personaje de una novela de amor ¿Y si la invitó a tomar un café? Es hermosa. La podría invitar a ver el atardecer sobre el Sena, o a caminar por alguna de esas callecitas que  dan para un romance, algo sin importancia, una salida, un beso y tal vez una noche de amor en París… “Siempre nos quedara París”.(1)


(1)Frase final de la película “Casablanca”


Ana (Florista).
No he vendido ni una rosa, a nadie le interesan las flores en este otoño lluvioso, hace días que la ciudad es un gris monumento a la tristeza. Odio Paris y pensar que llegué con tantas ilusiones de las que  sólo me queda un cansancio añejo en los huesos. ¿Y aquella mujer del paraguas negro, por qué estará llorando?  Es bella,  lleva ropa abrigada, no como yo que apenas me cubro con una capa de nailon, ella muestra demasiada melancolía, bah… hay gente que de todo se queja y por todo llora. Se ha quedado quieta bajo la lluvia y a pesar del paraguas, el viento con sus ráfagas la debe mojar, pero no se mueve. ¿Estará esperando a alguien? ¿Y si le ofrezco mis rosas? Al menos venderé algo y mi día no habrá sido en vano. Tal vez es una prostituta esperando a un cliente, Paris está poblado de mujeres que se ganan la vida vendiéndose por unos Euros, esta no tiene el tipo de los bajos fondos, pero, quién sabe… Sigue llorando, no, no puede ser una mujer de la vida, yo las conozco, las veo a diario, llevan un sello de vulgaridad y esta, muestra algo que la distingue más allá de su elegancia, seguramente es una tonta que llora por amor.




Martina (Estudiante)
La lluvia es suave, una caricia fría estremeciéndome y pintando a París con un tono dorado, seguramente es el reflejo del sol apenas visible que le da esa tonalidad y desde la plaza, puedo abarcar el horizonte y la niebla lejana que envuelve con su abrazo  la ciudad. Cierro los ojos y vuelo sobre las nubes y recuerdo otra París, tan lejana, aquella de la que mi abuela  hablaba, tan bella y colmada de momentos felices… hoy las dos son un recuerdo.
Hay una mujer parada en la plaza con un paraguas negro, mirando la torre Eiffel. ¿Quién sabe a qué mundo fantástico vuela su imaginación? No se mueve, es una  estatua más de las tantas que hay en París, parece parte  del paisaje, tan  solitaria y elegante como la torre que admiran sus ojos, ahora se aleja, no lo puedo creer. Algo en ella me recuerda a la Maga, aquel personaje de Cortázar ¿Sera  producto de un espejismo? la estoy viendo desvanecerse entre la bruma… desapareció. Solo ha quedado grabada en mi retina como una fotografía, ¿será otra de las magias de París? ¿Sería en realidad La Maga? Cada nuevo día me sorprende y creo que aquella ciudad de la que hablaba mi abuela, sigue viva, aquí y ahora.



    

Ellos.



La estación del subte estaba vacía, un silbido surgía desde la parte oscura del túnel, mis ojos  recogieron la negrura de esa garganta que se perdía en una curva sin fin.
Escuché pasos, alguien se acercaba por el andén, reconocí el uniforme azul,  era un empleado de mantenimiento.
—Se escucha un silbido en  el túnel, está por entrar un tren y puede ser peligroso —le dije.
—No se asuste, son los de la estación de Pasco Sur —respondió.
— Pero, si Pasco Sur está cerrada desde hace años —insistí.
—Está cerrada para nosotros, pero ellos van y vienen cuando quieren.
—¿Quiénes son ellos? —pregunté.
No respondió y se fue  por el pasillo, entró en una puerta que surgía al fin de la estación.
De pronto una luz, como un mechero gigante,  apareció parpadeando e iluminó el túnel y vi la imagen de una  mujer vestida de blanco y caminando por las vías con suma tranquilidad. El sonido del tren que se acercaba,  provocó mi desesperación, comencé a transpirar, a gritar y a hacer señas, pero ella seguía sin oírme. La va a matar, dije en voz alta, estaba solo y sin  poder  ayudarla. En un último intentó, grité:
—¡Salga de las vías!  
El tren llegó. Y nada, ni un grito, ni el ruido que provoca un accidente, quedé  petrificado en el andén, no quise subir y  cuando las puertas se cerraron y los vagones lentamente se pusieron en movimiento, la vi de pie y sonriente saludándome desde el interior del último de los coches. ¡Es imposible! Me dije.
Apareció de nuevo el empleado  de mantenimiento, desesperado le conté lo sucedido y sonriendo me dijo:

—Le dije que no se preocupara, son los fantasmas de Pasco Sur que siempre deambulan por acá.




(La estación Pasco Sur fue clausurada en 1953,  desde entonces se tejen sobre ella muchas leyendas urbanas, yo agregué mi granito de arena con este cuento.)

La pianista.





Nos acercamos atraídos por la sugestión de aquella música que parecía brotar de la tierra, de los pinos, de cada piedra del bosque. Era una invitación a seguirla. Atravesamos la arboleda y llegamos  a la casa de la señora Emily, nos detuvimos, las notas se oían muy suaves y  se alejaban, como diciendo: aquí el lugar...
Emily era alta y delgada, usaba vestidos de tela fina, tan fina que dejaba entrever sus huesos y un manto de color indefinido  le cubría los hombros como un abrazo; era un ser  misterioso, al que todos en el pueblo temían, tal vez por su costumbre de vivir encerrada y no conversar con nadie.
Rondamos su casa buscando descubrir el misterio de ese piano  que  danzaba entre los árboles buscando atraernos. El día flotaba tranquilamente, el sol nos besaba  con el suave calor del medio día. Atravesamos el bajo portón, hicimos sonar la campanilla de entrada y esperamos. Mi hermano Martín seguía con asombro a las abejas que viajaba de una flor a otra e intentaba perseguirlas con la inocencia de sus cinco años.
La señora Emily abrió la puerta, nos miró con su cara de luna amarilla y nos hizo pasar, el piano enmudeció.
Con un gesto nos invitó a tomar asiento. Nos contemplaba esperando que dijéramos el motivo de nuestra presencia. Estábamos mudos, las palabras se anudaban en nuestros labios y creo que Emily comprendió nuestra inseguridad y nos invitó a tomar un té, aceptamos. Ella se movía lentamente, un perfume a sándalo nadaba en el aire, serenando nuestros temores. Sólo me avergonzaba mi hermano que giraba la cabeza de un lado a otro curioseando cada detalle de la habitación, en un momento se puso de pie y se acercó a un oso de peluche  que yacía tumbado sobre un sillón, intentó tomarlo y la voz de Emily se alzó severa: “No se toca.” Sonrojado regresó a sentarse a mi lado.
Las manos de Emily, finas y delicadas, sirvieron  el té; descubrí  ternura en sus gestos, en su voz,  al preguntarnos: qué necesitábamos de ella.
Le hablé de la música y de lo misterioso que  resultaba escucharla apenas llegábamos al bosque, que se oía en el aire igual a un llamado, y que, a medida que nos acercábamos a la casa, se iba perdiendo y sólo quedaba un susurro.  Los ojos de Emily cambiaron de tonalidad, algo surgió en su cara de luna amarilla que no supe precisar; pero su cuerpo pareció elevarse y me estremecí. Martín debió percibir lo mismo, porque se aferró a mi brazo y quedó inmóvil.
Ella fue hasta un mueble cubierto con una tela oscura, la levantó con fuerza y una nube de polvo nos turbó la visión; fue un instante, hasta que los rayos de sol  iluminaron la estancia y la claridad nos dejó ver a Emily  sentada frente a un piano. Sus manos se deslizaban por el teclado y  la misma canción que habíamos escuchado entre los pinos flotó en el ambiente. Perdimos la noción del tiempo.

Regresamos llevando el oso de peluche y la historia de Emily. Había sido una gran concertista  y, al perder a su hija en un accidente, se refugió en su dolor y en la soledad y se negó a lo único que la hacía feliz: el piano.
La melodía en el bosque desapareció y regresó al mundo misterioso del que provenía, donde la noche es larga y sólo la música ilumina los senderos. Sin darnos cuenta, fuimos la llave que abrió la puerta  de aquel país olvidado.



jueves

Garmendia investiga.






El inspector  Garmendia  recorría la cocina de la familia Ponce, observaba con atención  a Eugenia,  la secretaria, que entre lágrimas relataba lo sucedido.  
—Llegué a las ocho como todos los días, la encontré  dormida y la dejé descansar, tiene la costumbre de tomar varias pastillas para dormir  —se secó los ojos, continuó relatando entre suspiros— .Regresé a las diez, estaba en la misma posición, le hablé,  comprendí que no me oía. Algo  estaba pasando: llamé al doctor.
    — ¿Cuál fue el diagnóstico? —inquirió Garmendia.
    —Paro cardíaco —al decir esto se largó a llorar, era tan delgada y menuda que su cuerpo se agitaba como una rama al viento.
La dejó desahogarse, luego  insistió:
    — ¿Había tenido algún disgusto?
    —No sé, no me comentó nada. Ayer la vi cenando sola, le pregunté si necesitaba algo más, respondió que no y me marché. Parecía muy tranquila.
    —¿Sabe si tenía enemigos, problemas familiares?
    —Enemigos no, sólo que siempre discutía con su hijastra Silvina, eso la ponía de mal humor.
    — ¿La chica vive aquí?
    —A veces sí, otras se queda con sus amigas y cuando se le termina el dinero; regresa. No estudia ni trabaja.
    — ¿Ese era el motivo de las peleas?
    —Sí, la señora le decía que era una gitana.
Se abrió la puerta y entró una joven como una ráfaga. Vestía  con elegancia, sus ojeras oscuras le daban  aire de agotamiento, pero no le quitaban belleza.
    — ¿Qué sucedió? ¿Qué le pasó a Marcela? —preguntó mirando a  Eugenia.
    —Esta mañana la encontré muerta. El inspector Garmendia —dijo señalándolo — está investigando.
    — ¿Investigando? —miró de arriba abajo la gruesa figura del inspector.
    —Pura rutina señorita.
La joven salió. Al regresar, su cara  lucía una palidez extrema, Garmendia le pidió hablar a solas, se dirigieron a la biblioteca.      
—Señorita  Ponce…
— Me llamo Silvina.
—Silvina, la señora tiene  marcas en los brazos, parecen quemaduras.
— Ella es artista plástica, suele soldar metales.
— ¡Ah!  ¡Puede ser!  Necesito los datos de la señora –dijo Garmendia.
Quedaron solos en la biblioteca.

Días después el inspector regresó a la casa de los Ponce. Eugenia  abrió la puerta.
    — ¿Otra vez, qué necesita?
    —La extrañaba a usted  —respondió con una sonrisa pícara, notando que no era bienvenido— ¿Sigue trabajando?
    —Silvina  me pidió que ponga en orden los papeles de la señora —lo acompañó al living. Era tan frío su trato que Garmendia confirmó que su presencia  no era apreciada por la secretaria.
    — ¿Por qué? ¿Hay desorden?
    —Cuentas que pagar, y poner al día los libros. ¿Qué necesita inspector?
    —Si me permite recorrer la casa. No la voy a molestar.
    —Voy a llamar a Silvina y consulte con ella —se alejó moviendo su pequeña silueta con desenvoltura. Al entrar la señorita Ponce, le sonrió con tristeza y lo acompañó, hablaba  tratando de desahogarse:
    —Me siento mal. Estoy arrepentida de todas las perrerías que le hice a Marcela. Creí que se había casado con mi padre  por interés, tenían tanta diferencia de edad. Pero el abogado Galindez me dijo que ella  había puesto el setenta por ciento de la herencia a mi nombre.
— ¿Quién es Galindez?
—El abogado de Marcela, primero lo fue de mi padre, luego de mi madrastra.
Recorrieron las habitaciones, llegaron al baño, era amplio, canastos blancos de varios tamaños, le daban un aspecto muy sobre cargado, el inspector curioseaba  todos los rincones.  
— ¿Busca algo? —preguntó Silvina.
—No sé. ¿Notó algún cambio?
—No.
—Si nota algo infrecuente me avisa.
—Inspector, me resulta rara su actitud. ¿Qué sospecha?
—Señorita no sospecho, su madrastra fue asesinada. Las quemaduras en sus brazos y manos no son producto de una soldadura.
Los ojos de Silvina se abrieron.
—Por eso le pido que me avise si nota algo diferente —.Garmendia notó sinceridad en la muchacha— .Estamos investigando a todos los  de la casa.
 — ¿A mí también? —preguntó la joven.
—Sí, a usted también.
—Pero mi madrastra era una mujer sin enemigos.
—Usted la creía su enemiga —exclamó el inspector.
—Es cierto, pero yo no sería capaz de asesinarla.
—No lo sé —respondió Garmendia con una sonrisa.
Siguieron recorriendo la vivienda, el inspector preguntaba detalles que Silvina respondía con seguridad. En un momento descubrió que la secretaria los vigilaba. ¿Trataba de de escuchar lo que conversaban?

Mientras investigaban la cuenta bancaria de la señora Marcela, descubrieron un faltante de cuatrocientos mil pesos, habían sido retirados  días antes de su muerte.  
Garmendia regresó a la casa de los Ponce para hablar  con Eugenia, ella lo hizo pasar y le ofreció una silla y quedó de pie, frente a él.
—Hace pocos días, de la cuenta de la señora Ponce retiraron una cantidad importante de dinero. ¿Lo sabía?
 —Si, la señora hizo el cheque, lo cobré y le entregué el dinero, no sé más.
 — ¿Siendo su secretaria, no estaba informada, no preguntó?
 —No,  no me correspondía. Siempre realizaba lo que la señora me pedía sin preguntar.
La oficina era un salón pequeño, sin ventanas y con muchos estantes cargados de carpetas y libros. Eugenia respondía con las justas y necesarias palabras. Viendo que no lograba nada importante, el inspector se despidió. Al salir recibió un llamado de Perrucho, el forense del caso Ponce, el informe que le dio lo sorprendió.
Una hora más tarde, lo llamó Silvina Ponce:
—Lo invito a tomar un café, quiero que hablemos.
Se encontraron en un bar cercano a la seccional. El Inspector llegó primero, pidió un café y se sentó cerca de la ventana para verla llegar. Silvina fue puntual. Luego de escucharla, comprendió que la sospecha de Perrucho, el forense estaba tomando forma.
—Creo que la madeja se está desenredando solita —dijo el inspector.
— ¿Qué quiere decir? —Silvina lo miraba sin entender.
—Por ahora vamos encontrando, el cómo,  pero me falta saber ¿quién y por qué?
La joven lo miró esperando que  dijera algo más y Garmendia guardó silencio.
Se despidieron, Silvina quedó inquieta al darse cuenta que no confiaba en ella, era claro que el inspector estaba escondiendo una carta importante. Él permaneció en la vereda mirándola partir, era delgada, su cabello rojizo y suelto atraía las miradas de los hombres que pasaban cerca. Garmendia no la creía capaz de un crimen, pero…

Al llegar a la morgue fue directo a la oficina de Perucho, lo encontró ordenando unos papeles que terminaba de imprimir.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó.
—Trato de poner orden en este caos.
La oficina era un cuadrado de dos por dos, con un escritorio,  computadora, una vieja impresora y dos  sillas desvencijadas, las paredes manchadas de humedad le daban aspecto de abandono. Garmendia tomó asiento y  el perito le dijo:
—La señora  tiene pequeñas quemaduras generadas por el paso de corriente eléctrica  
—¿Cómo se originaron?
—Eso no lo sé, es tu campo de investigación. Cuando la piel entra en contacto con una fuerza eléctrica, la energía se transforma en calor y quema la superficie dañando los tejidos localizados bajo la piel. Una persona mojada, puede o no, sufrir quemaduras, lo que sí sufre; es un paro cardiaco que si no se atiende rápidamente lleva a la muerte.
—¿Pudo ser provocado? —el inspector miraba al forense con ansiedad.
—Puede ser  que sí, hay que averiguar, qué fue el detonante.
Garmendia abandonó la oficina de Perrucho. En la calle el aire fresco pareció serenarlo, le dolía la cabeza, cada paso de la investigación agregaba un nudo más difícil de deshacer.
Decidió que le convenía visitar a Galindez, el abogado de la señora Ponce.  Descubrió que al letrado no le caía  bien la señorita Eugenia.
—¿Qué opinión tiene de la secretaria?
—Ella es una chica sin ningún detalle especial, un tanto soberbia. 
—¿Le puedo preguntar por qué no le gusta la secretaria?
—¿Se nota? —preguntó con una sonrisa burlona.
—Sí.
—Se  tomaba atribuciones, no sé que más decirle, me cae mal y punto.
— ¿Qué tipo de atribuciones se tomaba?
—A veces yo llamaba para hablar con mi cliente y me decía que no me podía atender, sin consultarlo, cuando se lo preguntaba a Marcela,  ni siquiera le había avisado de mi llamada.
—¿Sabe algo de un faltante de cuatrocientos mil pesos, de la cuenta de la señora?
—Marcela tenía su cuenta, no me consultaba sobre sus fondos particulares. Yo me ocupaba de la renta que recibía mensualmente, hacía inversiones, que  consultaba con ella.
— ¿Quién pudo odiarla hasta causarle la muerte?  —preguntó el inspector.
—No lo sé, era una buena persona.
Mientras hablaban sonó el celular de Garmendia, escuchó y sólo dijo:
—En media hora voy para allá.
Se despidió y mientras manejaba rumbo a la casa de los Ponce, pensaba: “Esto se está complicando”.  
Al llegar lo recibió la secretaria.
—Inspector, falta una obra de la colección que estaba en del depósito.
Bajaron al sótano, era un amplio salón, rodeado de estantes con obras en exposición y otras embaladas, le mostró la pieza en los catálogos.
—Es pequeña, pero de gran valor —se notaba que Eugenia estaba nerviosa— iba a ser expuesta en la bienal de Roma el año entrante. Era  una de las preferidas de la señora Marcela.
—¿Cómo entraron los ladrones?
—No lo sé, había dos  llaves, una la tenía la señora, la otra estaba guardada en su escritorio, es la que usé para entrar, y las ventanas que comunican con el exterior son pequeñas están a ras de la calle y tienen rejas.
—¿Puede ser que hayan robado el día que la mataron?
—Tal vez, no sé qué decirle.
—Será mejor que cierre con llave nuevamente, hasta que vengan los peritos de la científica  a tomar huellas y a investigar. ¿Puedo pasar al cuarto de la señora?
Eugenia  lo acompaño y lo dejó solo, el inspector halló un mueble cerrado con llave, con una ganzúa lo abrió. Encontró cartas, al leerlas su cara iba cambiando de expresión. Las guardó en el bolsillo interno de su saco. Fue a la oficina de Eugenia y se despidió,  ya en la calle, respiro hondo, estaba confundido, sospechaba de todos. Se quedó en su coche ya era tarde, de un momento a otro la secretaria debía retirarse. La espero. Media hora después ella salió, subió a su coche y partió. Él la siguió a corta distancia. Eugenia se detuvo en un restorán, entró. Garmendia espero unos segundos, ingresó y se sentó en un rincón apartado, podía observar    sin ser visto. Eugenia hablaba con un joven, discutían.  Garmendia no lograba oír la acalorada conversación. Con su celular los fotografió. Ellos se retiraron, ya en la calle él la tomó por los hombros, intentaba calmarla, subieron al coche de ella y se fueron.
Al día siguiente, el inspector averiguó con el abogado Galindez quién era el joven al que había fotografiado. Resultó ser Iván, el hermano de Eugenia.
Las cartas encontradas, demostraban que entre Ivan y la señora Ponce, había existido una relación amorosa. La diferencia de edad no fue una imposibilidad con solo leer las esquelas se comprobaba una fuerte pasión entre ellos.

Los informes forenses trajeron luz sobre las quemaduras en el cuerpo.
La señora Marcela Ponce había fallecido por un infarto producido por una descarga eléctrica, Los peritos descubrieron que estando en la bañera, hubo un cortocircuito al encender el hidromasaje. La descarga  la mató y eso produjo las quemaduras.  La falla en el sistema eléctrico no fue casual, fue preparado. Seguramente por el mismo que retiro el cuerpo, lo secó, lo vistió y lo llevó a la cama.
Garmendia tenía en la mira a  Silvina, Eugenia e Iván. Tal vez los tres habían participado en el crimen, una corazonada le decía que eran dos, ¿Pero quienes?   
Los tres fueron detenidos. Antes de que llegaran sus abogados, el  inspector atacó. Les tomó declaración por separado. Trataría de que creyeran que entre ellos se acusaban, el truco era viejo pero siempre daba buen resultado. Comenzó por Eugenia, la más débil.

Como era de imaginar durante el interrogatorio la secretaria, lloró a moco tendido
—¿Sabía el destino del dinero que sacó del banco? —preguntó el inspector.
—Ya le dije que no.
—Su hermano dice que sí, que usted le entregó el sobre y que sabía del chantaje.
—¡Miente! Eso me lo contó él unos días después cuando descubrí lo que habían hecho, él y su novia.
—¿Quién es la novia?
—Usted lo sabe muy bien, se acostaba con las dos. Con Silvina y con la señora Ponce.
—¿Por qué no me lo dijo antes? Lo encubrió.
—No lo encubrí. Sospechaba, pero no tenía pruebas ya le dije, mi hermano me lo contó varios días después.
—¿Cuándo? ¿La noche que se encontraron en el restorán?
Los ojos de Eugenia se abrieron.
—Sí. ¿Cómo lo sabe?
Garmendia le acercó el celular con las fotos. La joven se largó a llorar nuevamente. El inspector  consideró que era demasiado estúpida para estar metida en el crimen.

Con Silvina  la cosa fue distinta, no lloraba, guardaba silencio.
—¿Sabía del chantaje a su madrastra?
—No.
—Cómo que no, Iván dice que lo organizaron juntos.
—Él puede decir lo que quiera.
—Cuando me llamó para decirme que el sistema de hidromasaje de la bañera no funcionaba ¿Qué quiso demostrar, qué era inocente?
—…….
—Iván declaró que usted y él fueron socios en el crimen.
—No voy a hablar sin mi abogado.
—Los peritos encontraron sus huellas y las de Iván en el sótano. ¿Dónde está la obra robada?
—Es lógico que mis huellas estén en las piezas, ayudaba a mi madrastra en el embalaje y traslado y me encargaba de tenerlas protegidas del polvo.
Quedó en silencio.
Garmendia comprendió que Silvina no iba a hablar, demostraba demasiada seguridad  y la dejó tranquila.
Con Iván fue diferente, el joven lo sacaba de las casillas.
—¿Dónde están las fotos con las que chantajeaba a la señora Ponce?
—No sé de qué habla.
—Marcela Ponce le entregó dinero para que se callara la boca sobre la relación que mantenían y para que le entregará los negativos y las fotos  comprometedoras.
—No sé de qué habla —Iván lo miraba burlón, se lo notaba muy seguro.
—La señorita Ponce declaró que todo fue urdido entre Eugenia y usted.
—Miente  —al decir esto dirigió al inspector un gesto sobrador, este sintió deseos de golpearlo, pero se contuvo.
 —El que miente es usted. Todo está en su contra, escribió las cartas, no lo puede negar y si lo hace un perito calígrafo lo descubrirá. La secretaria  era la única que sabía todos los pasos de la señora Ponce. ¡Eugenia y usted diseñaron el crimen! —la voz de Garmendia se elevó intentando provocarlo— ¡Los hermanitos asesinos!
Iván  perdió los estribos.
    —Mi hermana es demasiado estúpida para planear semejante trabajo.
 Al decir esto, comprendió que se había  delatado. Ciertamente las huellas de Iván en el sótano lo terminaron de inculpar.

Iván había chantajeado a Marcela Ponce con fotos secretas de sus momentos de pasión, le pidió dinero, que ella entregó con tal de evitar un escandalo. Las cartas del chantaje y las de amor estaban juntas en el mueble de su dormitorio.
No conforme con ese dinero, pensó en robar la obra de mayor valor. Pero ¿Por qué la asesino? Si ya había conseguido más de lo imaginado. Iván y Silvina  quedaron incomunicados.
En el peritaje se demostró que  un cable fue conectado desde el motor del hidromasaje, al caño del agua, así realizaron el crimen, el líquido, perfecto conductor de  electricidad fue el medio.
A Iván lo acusaban sus huellas en el sótano, las cartas en las que exigía dinero a Marcela, pero Silvina y Eugenia no tenían nada que las acusara. ¿Había otro implicado? Iván solo no pudo idear tantos finos detalles.
Algunas fuertes dudas perseguían a Garmendia,  consideraba a Iván demasiado torpe para idear solo semejante crimen.
Las fotos del chantaje no aparecían. Registraron el departamento de Iván y nada se encontró,  las acusadas no las tenían. Iván aparentaba  estar muy tranquilo, sabía que sin las fotos, sólo   lo acusarían por el robo de la pieza de arte. Un buen abogado podría encontrar una salida para las cartas y otra prueba no había que lo incriminara. Un importante  estudio tomó su caso, imposible que el joven pudiera solventar sus honorarios y allí  el detective comenzó a sospechar que estaba equivocando de camino. Una idea cruzó como un reflejo, había que cambiar la investigación.  Con su ayudante, y una orden de allanamiento se presentó en el estudio del abogado Galindez. Al ver al inspector y al ayudante el abogado los recibió sonriente.
—Hola, pasen y tomen asiento, ¿hay novedades?
—Sí y muy importantes.
—Lo escucho —El abogado encendió un cigarrillo y se reclino en su silla.
—Tenemos una orden para registrar su oficina y abrir su caja fuerte —Galindez  se incorporó, su cara había enrojecido.
—¿Con qué derecho? —Elevó la voz— ¿Y por qué?
—Uno de los detenidos ha mencionado su participación en el crimen.
—¡Ustedes están locos! ¿Quién me puede incriminar? Marcela fue mi amor durante años, yo nunca le hubiera causado daño… siempre la amé.
—Lo sabemos.
—¿Lo saben…? ¿Qué saben? Ustedes,  le creen a ese infeliz de Iván, a ese estúpido —al decir esto se puso de pie y comenzó a dar vueltas, se acercó al escritorio y golpeando,  vociferó— ¡No tienen ningún derecho de registrar! ¡Fuera de aquí!
El ayudante de Garmendia salió de la oficina. El inspector manteniéndose calmo le dijo:
—Yo no he dicho que fue Iván quien lo incrimino. ¿Por qué dice que fue él?
—No sé… creí entender que Iván me había culpado de algo —El abogado se iba serenando. Varios policías entraron con la orden de allanamiento y comenzaron a revisar el estudio. Galindez se desplomó nuevamente en la silla.
En la caja fuerte estaban las fotos. Al verse descubierto, se cubrió la cara con las manos, era un hombre vencido. Al fin habló:
“Durante años fui amante de Marcela, aún en vida de su esposo, ella me dejó por Iván, fue un golpe a mi hombría, un chiquilín me había robado a mi mujer, estallé de celos. Rogué, supliqué pero Marcela estaba deslumbrada por  ese pendejo y su juventud, no quiso regresar conmigo. Me tomé el  tiempo necesario y gané la confianza de Iván, sospeché siempre que lo único que él buscaba era su dinero, no me equivoqué.  Comprendí que sería fácil vengarme y sin mover un dedo, el trabajo sucio lo realizaría Iván. Lo motivé con la idea de que realizará las fotos y el chantaje. Le aseguré que la herencia de los Ponce, era de Silvina. Iván es muy torpe y cuando se trata de dinero se ciega, quería todo el dinero de las dos. Entendió que para conseguir a Silvina debía sacar del medio a Marcela y cuando le sugerí como matarla, ni siquiera dudo, hasta le pareció divertido. Era el mejor camino para sacarse de encima a su amante y quedarse con Silvina y su fortuna. La obra robada fue simplemente un despiste, para que creyeran que fue un ladrón ocasional. Está guardada en una casilla de correo.
Lo llevaron esposado. Salió con la cabeza gacha y con un peso en los hombros que  parecía cargar el mundo sobre ellos.






 Me despido por un tiempo y les deseo lo mejor, Un abrazo.

María Rosa

La mujer de negro.

Mi amigo Pedro suele contarme  sucesos de su vida, que nunca sé si creerlos o tomarlos como las fantasías de un abogado muy imagina...